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La pesada realidad

8 Ago , 2017  

“La niñez es el corazón de todas las edades”

Lucian Blaga

 

En mi infancia me imaginaba lejanamente cómo sería vivir sola. Yo quería llevarme a mis papas a una casa a lado de la mía, después solamente me emocionaba como la decoraría. En serio, yo le juraba a todos los que estaban a mi alrededor que mi casa sería rosa; mientras todos se reían y me veían con ternura, pero yo no entendía cuál era la gracia. Mi hogar tendría un tono rosado en sus paredes, por dentro y por fuera, y nadie me lo iba a impedir.

Después, mi sueño se diluyó en mi inevitable crecimiento. Entre más ganaba altura, más perdía ingenuidad; entre más años pasaban, más ilusiones quedaban atrás; entre más me acerqué a la edad adulta, más entendí las risas que en el pasado habían resonado en mis oídos.

Crecí y entendí que no quería una casa que fuera toda rosa, que mis papas no se iban a trasladar hasta donde yo fuera, y que tampoco era NADA fácil la independencia de vivir sola. No todo es tan sencillo, aunque todavía hay retazos de diversión, y de autosuficiencia, un sentimiento que hasta muchos años después de la infancia se puede apreciar.

Una casa para ti sola significa limpiar alfombras, la limpieza de muebles, el pago de la renta, el trato con vecinos; la luz, el agua, el internet, los platos, la cocina, el gas. Sólo por mencionar algunos detalles que en nuestra infancia ni siquiera los consideramos, porque poco importa en esos años venideros, en donde lo único significativo era el color rosa de las paredes.

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Sí, cuando creces se deja toda la ingenuidad atrás. Porque en la infancia ésta es tierna, ya que siempre estamos bajo el velo de protección de nuestros progenitores, y no tenemos que enfrentar solos a un mundo que es salvaje, cruel, y a veces, muy inhumano. En la juventud se da la transformación, lo que ocasiona muchos conflictos internos, mientras que en la adultez ya se debimos haber aprendido las lecciones esenciales de la vida.

Puesto que, en esta etapa la ingenuidad deja de ser tierna, y se torna en un inconveniente peligroso, ya no se tiene a esas personas que corregirán tus errores, ni que velarán cada paso que des. Ahora los papeles se invierten, y cae en tus hombros esa responsabilidad que tanto tiempo compartiste con otros, o simplemente, ignoraste mientras eran tus padres los que la cargaban en sus espaldas. Ahora Walt-Mart se vuelve tu segunda casa, a la que acudes una vez por semana, el banco se vuelve tu mejor amigo, y las cuentas tus libros antes de dormir.


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